Esta es la historia de nuestra amiga Marta (nombre ficticio). Después de 37 años usando desodorantes convencionales sin reparar en parabenos, alcoholes, y de más tóxicos decidió combatir la bestia que habitaba en sus axilas con desodorantes naturales sostenibles.

La piedra de alumbre, por supuesto, fue nuestra primera sugerencia. Aquí hago un inciso para apuntar que Iniciar un negocio incluyendo e incentivando un producto casi infinito como este es apostar por la honestidad como estrategia empresarial, es como elegir muerte para reirte en la face del susto, como apostar por un gofre siendo diabetico. De modo que nunca dudaremos en recomendar la piedra de alumbre, pero Marta, a pesar de nuestros 30 años de amistad, no le daba mucha confianza (anda que ya te vale) y prefería algo intermedio, así que le ofrecí otro de los desodorantes naturales. Le advertí que podría requerir unos días de lucha, ducha, y paciencia hasta que eliminara todos los tóxicos acumulados y se regulara su pH, pero esa advertencia se quedó muy corta, pues días después todos nos preguntábamos ¿cómo podía una persona sana y viva desprender ese olor?.

Marta sentía repulsión por sí misma (algo que no caracteriza a las personas repulsivas, por desgracia). El olor a “caducado en los 90” no remitía ni con lavados de bicarbonato diluido en limón y agua. “Era bajar los alerones y zambullirme en una piscina de encurtidos” decía. Su hermano J. A., dio la voz de alarma cuando un día fue a comer con ella y hasta el café le supo a cebolla revenida, “me mareaba cada vez que se cambiaba de camiseta. Era un tufo inefable”, y la desesperación de su pareja no era menor, “si no te arreglas eso se va a ir “te huele Aretha Flankling” a vivir contigo”. Por suerte Marta trabajaba en casa (teletrabajo 100 – oficina 0) hoy sólo hay que lamentar que su media docena de peces la miren con rencor, y eso que esto era por el bien de la naturaleza.

Dada la situación, pedí a Marta que abandonara su escepticismo y confiara en la falta de pudor que nos unía, total, ya no tenía dignidad que perder. Y así fue como le lleve una piedra de alumbre como quien lleva el cuerpo de cristo a un poseído. Fue mano de santo, Marta notó resultados desde el primer día, recuperó amigos, familia, sus rutinas normales de ducha, lavadora, y su amor propio.

No puedo acabar este post sin remarcar que el caso de Marta no es el más común, pero si tienes una experiencia parecida, cuéntala, que no se quede dentro que huele a muerto, y eso no hay limón y bicarbonato que lo saque.

¡Gracias a Marta por ser una auténtica green warrior!

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